domingo, 8 de julio de 2012

VISITA DEL PAPA BENEDICTO XVI A LOS MISIONEROS DEL VERBO DIVINO EN NEMI


Por: GIANNI VALENTE

«¡Qué casa! Todo nuevo: mármoles y acabados en madera, adornos…». El teólogo dominico Yves Congar en su diario del Concilio Vaticano II contó con tonos de sorpresa la impresión que tuvo de la residencia de los padres verbitas que, en dos ocasiones (en los primeros meses de 1965), recibió a los obispos y teólogos que debían reescribir el documento conciliar dedicado a las misiones. En Congar, excelente acogida que ofrecieron los religiosos del Verbo Divino y su superior general, entonces Johann Schütte, provocó incluso un prurito de embarazo ascético: «Una mesa un poco demasiado abundante. No solo nada de cuaresma, sino un verdadero exceso en todo. Por la tarde, reunión con copitas. Evidentemente es útil para crear una atmósfera de cordialidad, y es por ello que el padre Schütte lo hace. Pero, ¡qué gasto!».

En aquella casa religiosa, mañana se llevará a cabo una de las pocas salidas públicas de la agenda del Papa Benedicto XVI para las próximas semanas. Una visita llena se sugerencias: el anciano Papa vuelve a uno de los lugares más recónditos de su personal memoria del Concilio. Vuelve a atar los lazos de su pasado de joven teólogo-perito conciliar. Durante un par de horas, se vuelve a sumergir en los recuerdos de aquel clima vibrante de las discusiones sobre los grandes temas de la vida de la Iglesia, que entre 1962 y 1965 marcaron su intensa participación en los trabajos del Vaticano II.


Lo que llevó a Ratzinger a Nemi en ese entonces fue su participación en la comisión que se encargó de redactar una nueva versión del texto sobre la actividad misionera, que después habría sido sometido a la aprobación de la asamblea durante la última sesión conciliar. El borrador anterior fue rechazado con furor por los padres del Concilio. Entre los que condenaron ese esquema estaba el cardenal de Colonia Joseph Frings, que utilizó los argumentos que había elaborado con su “asesor teológico”, Joseph Ratzinger. Quien pidió que Ratzinger colaborara en la redacción del nuevo esquema “De Missionibus” fue justamente el general verbita, Johannes Schütte. Había que robustecer el impacto teológico del documento, después de que muchos padres conciliares se hubieran quejado, en una asamblea, de la poca profundidad de las versiones anteriores.
En el primer encuentro de la comisión en Nemi, del 11 al 25 de enero de 1965, Ratzinger no estuvo presente, pero en el expediente instructorio a disposición de los miembros de la comisión figuraba un texto suyo (apenas escrito) sobre el fundamento teológico de la misión de la Iglesia: “Considerationes quoad fundamentum theologicum missionis Ecclesiae”. El documento, escrito en latín (y retomado recientemente en un estudio por el archivero Piero Doria, que fue publicado en la revista del Centro de Estudios sobre el Vaticano II de la Pontificia Universidad Lateranense), inspiró algunos pasajes del primer capítulo del decreto conciliar “Ad Gentes”, dedicado a los principios doctrinales de la misión de la Iglesia. Incluso ahora, en vista del Sínodo sobre la Nueva Evangelización y del Año de la Fe, aquella aportación de Ratzinger sobre la teología misionera ofrece sugerencias muy actuales. Ya en 1965, Ratzinger, de 38 años, escribía con autoridad que la misión «no es una batalla para capturar a los demás y llevarlos al propio grupo». Para él, la Iglesia no se mueve a la misión por fuerza propia. Es Cristo mismo quien, operando a través de la Iglesia, atrae hacia sí y hacia el Padre los corazones de los hombres. Y es este motivo el que hace necesaria la misión de la Iglesia para la salvación de todos los hombres: de hecho «ningún esfuerzo humano y ninguna religión en sí puede salvarles, porque toda salvación viene de Cristo».


Ratzinger estuvo presente en la sesión de clausura de la comisión, que se llevó a cabo en Nemi del 29 de marzo al 3 de abril de 1965. Durante la convivencia intensa y las horas de trabajo coral, experimentó afinidad y distancias con los obispos y los peritos (expertos) involucrados con él en el trabajo de revisión. En esos días, que transcurrieron en la hermosa localidad de los Castillos romanos, se confirmó, sobre todo, la sintonía de su mirada y de su juicio con Yves Congar. Ambos compartían la misma preocupación ante una idea estrecha sobre la misión que consideraba como verdadera actividad misionera solo la actividad entendida en el sentido clásico del término, como anuncio del Evangelio entre los paganos. Una idea que, según su juicio, acababa por reducir todo a cuestiones técnicas y jurisdiccionales relacionadas con la fundación de nuevas diócesis en los territorios considerados “de misión”. Para Ratzinger y para Congar, había que partir de una percepción unitaria de la misión y de su fuente teológica, para tomar en consideración los diferentes contextos y las diferentes circunstancias en las que se lleva a cabo. Congar, en su diario de aquellos días, también desahoga todas las decepciones que le causaron algunos miembros del equipo de trabajo. Según Congar, «el padre Seaumois es de verdad un asno», con su «bagaje de ideas y sus respuestas ya preparadas». Monseñor Yago «no dice nada y parece que se aburre de todo», mientras que monseñor Perrin «casi no atiende y no da ninguna ayuda». El teólogo dominico admite solo una excepción: «Afortunadamente, está Ratzinger. Es razonable, modesto, desinteresado, ayuda mucho», escribió en sus apuntes del 31 de marzo de 1965.


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